Necesitados de la misericordia de Dios

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (MV 12).

1. Breve presentación

El Papa Francisco en su reciente Encíclica LS afirma en varias ocasiones que “todo repercute en todo”. Esta es una manera bonita de ver las relaciones entre las criaturas en la creación. Esta manera de ver nos hace criatura con las otras criaturas. Nos hermana con ellas.

Pero, esta manera de ver es una manera bonita para acercarnos a nuestra propia vida. En nosotros también todo repercute en todo. La Escritura dice: “Un árbol sano da frutos sanos, un árbol dañado da frutos malos” (Mateo 17,17). Está claro que necesitamos más ser sanados que juzgados.

Está claro que si dentro de mí mismo vivo dividido, o estoy triste o confundido, es muy probable que mi relación con los demás y con Dios mimo se resienta. O también, si mi relación con los demás es conflictiva, sin duda que esto también repercutirá en mi vida interior y generara en mí mismo tristeza o inseguridad.

La imagen de un árbol

Siguiendo el texto de Mateo que acabo de citar utilizo la imagen de un árbol. Un árbol tiene unas raíces, un tronco y unas ramas. El tronco une las raíces con las ramas. Las ramas se ven y las raíces no se ven. Está claro que sin raíces no puede vivir el árbol. Está claro que el árbol puede enfermar pero si enferma de raíz la muerte está asegurada.

Aplico esta imagen a nosotros mismo. En esta imagen, entiendo las raíces como aquello sin lo cual no puedo vivir: alimento, seguridad, libertad, oración, sentido, ser querido y valorado. Entiendo las ramas como aquello que despliega mi vida y que me hace original: hacer algo creativo, compartir mi vida con otro, ayudar a los demás. Todo repercute en todo, pero, cuidar las raíces de una persona, hace posible que esta persona despliegue todo su ser. ¿Qué ayudará a sanar las raíces de una persona? Necesitamos amor y misericordia.

La fuerza sanadora de la misericordia

“Misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad” (MV 2). En la Sagrada Escritura puede verse que la misericordia es la palabra que mejor expresa cómo es y cómo actúa Dios. La Escritura, al hablar de Dios, dice que es misericordioso y fiel. De esta manera podemos leer la Escritura, y también podemos leer nuestra propia vida personal y la vida de nuestras instituciones. Es de un gran consuelo poder reconocer que Dios, a cada uno de nosotros y a nuestras instituciones, nos ha sido misericordioso y fiel, está siendo misericordioso y fiel, y será misericordioso y fiel.

Para el Papa la misericordia es el principal atributo de Dios y se ha manifestado de una manera singular en Jesucristo. Jesús revela el rostro misericordioso del Padre, con sus palabras y sus gestos, revela que Dios me ama, me tiene misericordia, perdón, ternura.

Podemos decir que la misericordia es la clave para entender el Evangelio y toda la vida cristiana. Por eso, para el Papa Francisco el corazón del Evangelio está en el mensaje de la misericordia divina. El Santo Padre propone que contemplemos el misterio de la misericordia porque encierra una fuente de alegría, de serenidad y de paz. En definitiva, la misericordia divina es condición para nuestra salvación.

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (MV 12).

2. LECTIO

Necesitados de la misericordia de Dios

“Jesús dijo también:
Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’.
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: ‘Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’.
Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traed en seguida la mejor ropa y ponédselo, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’. Y empezaron la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó música y danzas. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu ha hecho matar el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo’.
Irritado se negaba a entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero cebado!
Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'” (Lucas 15,11-32).

No podíamos tener unos ejercicios espirituales acompañados de San Lucas obviando una de sus características más destacadas: el evangelio de la misericordia. Para muchos este es el núcleo del evangelio lucano. Lucas quiere dejar constancia del amor que Dios tiene por nosotros. Encadena tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida, el padre y sus dos hijos). Quienes escuchan (escuchamos) estas parábolas toman conciencia de su condición de hijos perdidos y, al mismo tiempo, hijos buscados y esperados por Dios en el Reino. Es un evangelio gozoso.

Un gesto escandaloso

“Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle; mientras que los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: ‘Este acoge a los pecadores y como con ellos’” (Lucas 15,1).

Este breve pórtico nos dice que hay unas personas que entienden lo que Jesús dice y hace (los publicanos y pecadores) y otros que no (los fariseos y escribas). Los primeros saben de su limitación, se siente necesitados; los segundos viven muy seguros de sí mismos, tienen claro cómo es Dios.

Seguro que el impacto que produjo también en los discípulos el ver a Jesús comiendo con pecadores tuvo que constar en las primeras comunidades cristianas. Es gesto era escandaloso.

Un padre tenía dos hijos

Esta parábola posiblemente sea uno de los relatos más conocidos de la literatura universal. Es un texto que no nos es difícil de entender porque nos sitúa en un contexto familiar, donde son inevitables ciertos conflictos de crecimiento, de búsqueda de libertad.

Es un texto que los niños graban en su corazón en la catequesis de primera comunión. Lo escuchan maravillados y lo entienden perfectamente.

Los maestros de espiritualidad nos invitan a tomar personajes. Sentirnos el hijo menor, el hijo mayor o el Padre. Nuestra vocación es ser misericordiosos como el Padre.

Aquel Padre tenía dos hijos. Quizás si nos miramos a nosotros mismos nos veamos así divididos en nuestro interior. En ocasiones, quizá en alguna etapa de nuestra vida, somos como el hijo menor: llenos de deseos, encerrados en nuestras necesidades y sin tener en cuenta la vida de los demás. En ocasiones nos podemos sentir como el hijo mayor: con muchos miedos, profundamente defraudados de la vida, llenos de juicios y faltos de corazón.

Y se marchó de casa

Para crecer hay que salir de casa, de la protección. ¡Hay que arriesgarse! Pero, este camino, esta salida, a muchas personas les lleva por caminos equivocados, algunos irreversibles.

La realidad, en ocasiones, es muy dura. Aquel joven parece que quiere romper con su casa. Hace una petición inusual: pide lo que le corresponde de herencia. La herencia solo se considera un derecho a la muerte del padre, no antes. En el joven hay una gran audacia, quizás desvergüenza, en el padre hay un gran amor, una gran confianza. Quizá la vemos como excesiva. Pero el amor es siempre un exceso. Es la imagen del respeto que Dios tiene a la libertad humana. Para algunos, siempre un exceso.

Sintió hambre

El relato dice que gastó malamente su fortuna en poco tiempo. No es el arrepentimiento lo que hace que pare y recapacite sino el hambre. Curiosamente el Levítico tiene un texto muy significativo en este contexto: “Cuando los israelitas quedan reducidos a comer algarrobas, entonces es cuando se arrepienten” (Levítico 26,3).

También podemos sentirnos reflejados. Alguna experiencia dolorosa puede haber producido en nosotros ese fogonazo de luz, ha hecho que ‘caigamos en la cuenta’. ¡Qué ciego he sido! ¡He vivido toda mi vida encerrado en mí mismo! ¡Me queda la misericordia de Dios! ¿Has sentido hambre alguna vez? ¿Hambre de amor, de misericordia…hambre de Dios?

Me levantaré

Se está produciendo un cambio en el interior del hijo pequeño. “Anduve por mis sendas, me alejé de ti, me aparté de ti, con quien me iba bien, y mi propio bien fue un mal para mí sin ti. Pues de haberme ido bien sin ti, quizás no hubiera querido volver a ti” (San Agustín).

Hay en él un gesto de voluntad: levantarse. No es tan fácil levantarse cuando uno está caído. En muchas ocasiones uno ya no tiene fuerzas. En otras ocasiones la vergüenza, la incertidumbre, le paraliza. La grandeza de este joven está en este gesto de voluntad. Este argumento tiene mucha actualidad. La cultura no se lleva bien con la voluntad, tiene mala fama, se la tacha de voluntarismo. Es verdad que el voluntarismo es una enfermedad. Pero la voluntad es una virtud. La voluntad nos distingue de los animales. Sin voluntad somos presa fácil de nuestros peores deseos. Los otros deseos los que nos hace crecer y nos abren a los demás, exigen de nosotros voluntad. Escuchar sólo la propia voz es narcisismo. Escuchar la voz de los otros y la voz de Dios nos hace crecer.

Un padre misericordioso

Entra en escena el padre. Le ve desde lejos, se conmueve en lo profundo de sus entrañas, se llena de emoción, sale a su encuentro, le abraza y le besa. Tenemos aquí dibujado un itinerario impresionante para la misericordia: ver, sentir, salir, abrazar. Quizá aquí tengamos descrito el camino que se nos propone como creyentes a la hora de acercarnos a la realidad más sufrimiento, a la hora de acercarnos al hermano. ¿No es este el itinerario de Don Bosco cuando está buscando a qué dedicar su vida sacerdotal?

Recordamos el impacto que produjo en Don Bosco el encuentro con los jóvenes de la cárcel: “Si estos muchachos tuvieran fuera un amigo, que se preocupase de ellos y los atendiese e instruyese en la religión…me puse a estudiar la manera de realizarlo, dejando el éxito en manos del Señor”.

Podemos acercarnos a esta escena desee una clave espiritual. Darnos cuenta que Dios sabe de nosotros, nuestra situación, que se le conmueven las entrañas (¡eres mi encanto cotidiano!), se las ingenia para salir a nuestro encuentro y nos rodea con su abrazo y beso de Padre.

Hagamos una fiesta

Este reencuentro hay que celebrarlo. El padre quiere dejar claro que su hijo ha vuelto. Le restituye sus privilegios. La túnica, el sello familiar, las sandalias para que no camine como esclavo.

El gozo es expansivo, hay que compartirlo. El padre quiere hacerlo con exceso por eso mata el toro cebado. “Este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”.

Su hermano no quiso entrar en la fiesta

Es la última parte de la parábola. Es un toque de realismo. Cuando Lucas habla del hijo mayor quizá nos esté poniendo un espejo preguntándonos por nuestra actitud. Es un hombre que no quiere perder imagen (pregunta a un chiquillo). Reacciona con irritación. El padre sale en su búsqueda también. Él se niega a entrar en casa, arrojando en el padre toda su frustración. Su interés no está centrado en su hermano sino en sí mismo; todavía, a pesar de su vida ordenada, todo le lleva a sí mismo.

Lucas pone en este hermano mayor algunos temas que dan que pensar: la envidia, el temor a un nuevo reparto de la herencia. El que fue lejos del hogar se reintegra, el que siempre estuvo se queda fuera.

Jesús

Esta parábola la hemos leído siempre referida a Dios Padre. Pero la podemos aplicar a Jesús mismo, sumo sacerdote misericordioso digno de fe (como dice la carta a los Hebreos). Aquellas personas eran testigos del amor misericordioso de Dios manifestado en Jesucristo.

Sacerdote puente entre Dios y el mundo: frente a la superficialidad, narcisismo, individualismo, adentrarse en sí mismo, en el misterio de Dios y en los demás; frente a relativismo y subjetivismo, fidelidad cuidada y espiritualidad de comunión; frente a pasar del mundo y criticarlo, atreverse a amarlo y discernirlo; frente a explotar el mundo y consumirlo, contemplarlo, cuidarlo y reconstruirlo; frente al ateísmo y la indiferencia rampantes, constituirlo en mi Señor; frente a las lecturas varias y dispersas, apropiarnos de la sagrada escritura.

Justicia y misericordia

¿Tiene este relato algo que ver con la misericordia? Esta parábola describe el proceso para ser misericordiosos como el Padre: ver, sentir, salir, abrazar. Me interesa también destacar la actitud del hijo mayor y me pregunto si son incompatibles la justicia y la misericordia. El hijo mayor consideraba que no era justo el proceder misericordioso de su padre. Pero comenta e Papa Francisco: “Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón” (MV 21).

Oración
Lucas 15,11-32

Salmo 102
“Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas sus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en clemencia.
No está siempre acusando,
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que le temen;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro”.

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Un comentario en “Necesitados de la misericordia de Dios

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