Buen Samaritano, anda y haz tú lo mismo

“Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia… el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario” (EG 35).

  1. Presentación

El Papa Francisco decía en una entrevista: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla… Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental” (Razón y Fe n. 1.379).

Para el Papa “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (MV 12).

En este sentido, propone que la Iglesia haga visible con palabras y con gestos una pastoral de la misericordia que deje ver la maternidad de la Iglesia, una Iglesia pobre y para los pobres, que tomando como modelo a Jesús se acerque a los pobres y a los que sufren. “Se trata de encontrar a Cristo en los pobres, más aún, de tocar a Cristo en ellos” (EG, 270).

2. LECTIO

Anda y haz tú lo mismo

“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio lo vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verlo tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.” ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El doctor dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Dijo Jesús: «Vete y haz tú lo mismo” (Lucas 10, 25-37).

Posiblemente este sea uno de los textos más conocidos del Nuevo Testamente. Estamos en el capítulo 10 del evangelio de San Lucas. Un capítulo del que hemos hablado en otras ocasiones en estas meditaciones. Jesús tiene la mirada puesta en Jerusalén hacia donde se dirige con sus discípulos. En el camino hacia Jerusalén centra su atención en la formación de sus discípulos. Encontramos en este capítulo el envío de los setenta y dos por parte de Jesús a los lugares donde tenía pensado ir, una oración agradecida de Jesús porque Dios ha rebelado los secretos del reino a los pobres y sencillos, la propuesta de la misericordia como la actitud básica del discípulo de Jesús, la sabiduría para saber elegir la mejor parte como María la hermana de Marta.

El mayor de los mandamientos

Lucas suele situar las parábolas en un contexto donde se entiende la radicalidad del mensaje que propone. El contexto inmediato de la parábola del samaritano es una discusión teológica entre Jesús y algunos entendidos de la ley quienes le preguntan por el mayor de los mandamientos. Jesús no responde directamente la pregunta sino que como hábil maestro invita a que busquen en la Escritura la respuesta y después Él mismo les propondrá una parábola para que la respuesta correcta no quede en el mundo de las bellas ideas.

De entrada hay que afirmar que la pregunta no era inocente y se presentaba como una trampa para desacreditar a Jesús, enfrentándolo con la práctica religiosa habitual de aquel momento entre los entendidos. Esta pregunta tenía su importancia porque en aquel tiempo la ley se estaba convirtiendo en una maraña de normas y procedimientos. De esta manera, perdía su fuerza y bella original, y corría el peligro de quedar atrapada en un laberinto de propuestas y en una jaula de perfeccionismos.

Esta tentación no era solo de aquel tiempo. Hemos constatado cómo tanto Benedicto XVI como Francisco han abogado por ir a lo fundamental de la vida cristiana. La intuición fundamental del pontificado del Papa Benedicto fue apuntar al núcleo de la existencia cristiana (caridad, esperanza, fe) y colocar a Dios en el centro. Este dinamismo es luminoso y va a lo fundamental. El Papa Francisco, siguiendo esta misma ruta, quiere destacar la misericordia como el principal atributo de Dios y la mayor de las virtudes (EG 37). El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar a Dios en todos.

Además estaba en discusión, en los tiempos de Jesús la comprensión y extensión de la palabra prójimo. ¿Un extranjero podía ser prójimo? El judaísmo tradicional decía que no y, en cambio, el judaísmo de la diáspora acostumbrado a vivir con otras culturas decía que sí. La respuesta de Jesús se sitúa en esta segunda senda pero avanza más y añade una nueva perspectiva, la de quien está herido.

Si hiciéramos una lectura actualizada de este relato, la categoría prójimo nos acercaría a muchas situaciones sufrientes de nuestra historia actual. Heridas hay muchas personas en este mundo. De hecho todos nos vemos reflejados en esta categoría.

Hechos mejor que palabras

Jesús va a bajar la discusión teórica a la situación práctica: mejor los hechos que las palabras. Ezequiel había puesto en labios de Dios esta expresión: “Les di mis preceptos y les di a conocer mis normas por las que el hombre vive si las pone en práctica” (Ezequiel 20, 11). Aquí se sitúa Jesús. Para poder vivir dejemos los bellos discursos, vayamos a la vida misma, donde la realidad es opaca y espesa, y refleja la veracidad o falsedad de nuestras palabras.

En esencia la parábola del samaritano quiere mostrar la necesidad de misericordia con el necesitado con independencia de religión o raza. Hoy seguro que hablaríamos de independencia no solo de religión y de raza, sino también de manera de pensar, ideología, situación vital,…

Si nos fijamos en la figura del samaritano, que como sabemos eran considerados por los judíos como herejes y gente de mal vivir, este texto de San Lucas es un elogio a quienes hacen el bien aunque estén fuera de las normas. Ya el segundo libro de las Crónicas habla de unos samaritanos que se hicieron cargo de unos cautivos de guerra. “A los que estaban desnudos los vistieron con trajes y sandalias del botín, luego les dieron de comer y beber, los ungieron, montaron en burros a los que no podían caminar y los llevaron a Jericó, la ciudad de las palmeras, con sus hermanos. A continuación se volvieron a Samaría” (2 Crónicas 28, 15).

Este samaritano del que habla Lucas está lleno de compasión. Y las acciones que realiza parece que son lo que nosotros llamamos obras de misericordia: “vendó sus heridas,…, montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él,…, dando dinero al posadero pidió que cuidara de él”.

Al comparar Jesús la actitud del samaritano con la actitud del sacerdote y del levita, personas reconocidas como religiosas por el judaísmo oficial, no cabe duda que estas palabras tenían que producir escozor entre quienes escuchaban. Quizá el problema del sacerdote y del levita no era que fuesen malas personas ni que tuvieran malas ideas sino que estaban atrapados por unas normas que buscando dar gloria a Dios no conseguían poner valor al hombre que necesita ayuda. En la teoría el mandamiento que invitaba a amar a Dios y al hombre quedaba imposibilitado por otras normas religiosas de menor entidad. Este relato es siempre un examen de conciencia para todo hombre de Dios. Una persona que vive en la presencia divina, lo normal es que se muestre misericordioso con el herido. ¿Han perdido el corazón estos hombres religiosos?

El herido es descrito por Lucas como un hombre. Es decir nos encontramos con el ser humano, con cualquier ser humano, que por distintas circunstancias está herido de muerte.

La Iglesia en ocasiones ha interpretado es texto de manera alegórica: “El hombre que bajaba representa a Adán; Jerusalén es el paraíso, Jericó el mundo; los bandidos, las potencias enemigas; el sacerdote, la ley; el levita, los profetas y el samaritano, Cristo. Las heridas son la desobediencia; la cabalgadura, el cuerpo del Señor; el pandochium, es decir, la posada abierta a todos lo que quieren entrar en ella, simboliza a la Iglesia. Los dos denarios representan al Padre y al Hijo; el posadero, al dirigente de la Iglesia encargado de administrarla; en cuanto a la promesa de volver que hace el samaritano, figuraba la segunda venida del salvador” (Orígenes).

Oración
Lucas 10, 25-37

Salmo 111
“Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.
En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad dura por siempre.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad”.

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