Conversión desde la Misericordia

Lectio

“Por algunos que confiaban en su propia honradez y despreciaban a los demás contó esta parábola:


Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador. El fariseo, en pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo. El recaudador, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Os digo que este volvió a su casa absuelto y el otro no. Porque quien se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado” (Lucas 18, 9-14).

Me llama mucho la atención que cuando preguntan al santo Padre quién es el Papa Francisco suele responder: “Soy un pecador que quiere seguir a Jesús”. ¿Por qué llama mi atención esta manera de responder? Porque esta pregunta podría responderse de muchas maneras, pero él elige esta manera donde primero se reconoce pecador y después seguidor de Jesús. Francisco es consciente de ser pecador y no tiene empacho en manifestarse de esta manera. Sus palabras no suenan a falsa humildad sino que transmiten verdad. Que el Papa se reconozca pecador y seguidor de Jesús le hace un hombre cercano, la acerca a nosotros que queremos seguir a Jesús, y le acerca a tantos hombres y mujeres que se saben débiles. La Iglesia tiene las puertas abiertas para los pecadores. No se ve aquí el orgullo de los puros.

La parábola del publicano y del fariseo que recoge solamente el evangelio de San Lucas no necesita muchas explicaciones. El pórtico que ha descrito el evangelista presenta a Jesús poniendo un espejo ante quien se siente satisfecho, y se tiene por bueno y cumplidor. Pero es que verse en un espejo no es tan fácil. Cuando nos miramos a nosotros mismos, siempre hay en nosotros, un punto ciego que no vemos. Muchas veces los demás ven ese punto ciego que nosotros no vemos.

En el lenguaje antitético de algunas parábolas vemos estereotipos muy marcados. La vida parece que no es ni tan blanco, ni tan negro, son más bien gris. Pocos dirían al escuchar esta parábola: “ese publicano soy yo”. Tampoco se reconoció David cuando el profeta Natán le contó aquella historia de un hombre rico que había robado y sacrificado la única oveja que tenía su vecino pobre. Solo se vio a sí mismo en esta historia, cuando Natán le dijo: “Ese hombre eres tú”. Estas palabras produjeron un impacto en David. No hubo en él miedo por perder imagen sino que sintió como una revelación por el mal que había hecho. No es la vergüenza ante los hombres sino el radical desconsuelo que siente el pecador ante Dios: “oh Dios, soy un pecador”. David no busca recuperar imagen sino poner en el centro de su vida a Dios. Solo Él puede acoger mi pecado. Solo Él puede rehacerme, sanarme, reconstituirme.

Esta reflexión tiene actualidad. Hoy parece que se ha perdido en muchas personas el sentido de pecado. Puede quedar el sentimiento de culpa, pero el sentido de pecado es otra cosa. El sentimiento de culpa nace por un narcisismo herido. El sentido de pecado, es más radical: solo Dios puede sanarme, yo no puedo, soy un pecador.

Volvamos al relato de San Lucas. El evangelista sitúa la escena en el templo. Para un judío el templo significaba el lugar donde Dios habita y da vida al pueblo. El evangelista al dibujar esta escena en el templo constata que el pecado del hombre religioso es sobre todo el orgullo. El orgullo lleva al hombre religioso a verse bendecido a causa de méritos, renuncias, ayunos, buenas obras, cumplimiento de los mandamientos. El orgullo es lo que llevó al ángel querer ser como Dios. Pero tenemos que reconocer que no somos dioses, y que a Dios no nos lo merecemos sino que Él se nos regala si nosotros estamos dispuestos a acogerlo. El orgullo lleva al hombre religioso a llenarse de juicios. Resuenan aquí la expresión del Papa Francisco: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”. La conclusión que podemos sacar es que el amor que sentía aquel hombre fariseo por Dios no le lleva a amar a los hermanos.

El publicano es la otra figura que presenta San Lucas. Su oración es la de un penitente que busca la misericordia de Dios. El publicano habla en segunda persona y pone en el centro a Dios mismo. De sí mismo solo sabe decir: “¡Oh Dios ten piedad que soy un pecador!”. Esta actitud de humillación y su oración sincera le justifican. “Dios ha escogido (decía San Pablo) lo necio del mundo para avergonzar a los sabio; y ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes; lo vil y despreciable del mundo ha ecogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios” (1 Cor. 1, 27-29).

Oración
Lucas 18, 9-14

Salmo 129
“Desde los hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor.
Mi alma espera en el Señor,
esperaran su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos”.

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