El deseo de Dios en mí

“Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes de pastoral, lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales” (EG, 77).

  1. Presentación

Por la experiencia que da la vida podemos afirmar que:

  • a lo largo de la existencia somos la misma persona (identidad) aunque vamos siendo distintos (vamos cambiando).
  • cada etapa de la vida tiene su propio carácter y es decisivo aceptar el propio ser de cada etapa en todo su alcance y con todos los condicionantes.
  • en nuestro caminar por la vida pasamos de una etapa a otra a través de momentos de crisis. La Escritura habla de la sabiduría de ‘morir’ para ‘vivir’.
  • nuestro sismógrafo interior ha grabado situaciones en la vida que no entendíamos, ni nos gustaban, ni sabíamos interpretar, ni tampoco sabíamos gestionar. Y también ha registrado lo que no sabemos explicar y que llamamos gracia: ‘Tú estabas ahí y yo no lo sabía’.
  • en cada etapa de la vida, el valor de la existencia humana radica en su capacidad de crear vínculos, establecer relaciones y ámbitos de convivencia.
  • podemos concluir que conocerse uno mismo siempre es una tarea por realizar, que requiere voluntad, y decisión. Además el sentido de lo vivido lo comprendemos a posteriori por obra del Espíritu.

En muchas ocasiones debemos preguntarnos dónde voy y a qué. Hoy has llegado a estos ejercicios espirituales. ¿Dónde vengo y a qué he venido? Un rasgo identificador del discípulo de Jesús es siempre la pregunta. Podemos recordar que algunas preguntas que han brotado en nosotros con radicalidad nos han ayudado mucho: ¿Qué quieres de mí Señor?; en este momento de mi vida, ¿hacia dónde?; ¿qué me estás pidiendo hoy?; ¿qué he hecho por ti Señor?; ¿qué hago por ti Señor?; ¿qué debo hacer por ti Señor?

El objetivo de unos ejercicios espirituales

Los ejercicios espirituales tienen como objetivo ayudar a descubrir el fundamento de la propia vida y tomar, con la mirada puesta en Jesús, las decisiones apropiadas. Y para conseguir este objetivo usamos medios sencillos: algunas meditaciones, momentos de silencio y oración, celebraciones litúrgicas, el diálogo con aquel que hoy tiene el ministerio de ser mediación, con su palabra, entre el Señor y cada uno.

2. El Evangelio de la misericordia

He elegido para esta tanda de ejercicios espirituales la meditación de algunos textos de San Lucas. San Lucas es conocido como el evangelio de la misericordia y el evangelio del misionero. De esta misma manera el evangelio de San Mateo es conocido como el evangelio del catequista, del de San Marcos como el del discípulo y el de San Juan como el del místico.

Misión y misericordia

Misericordia y misión son palabras muy franciscanas. En la Exhortación Evangelii Gaudium el papa Francisco invita a una salida misionera. El Evangelio de San Lucas es el evangelio del misionero. Está claro que la misión no es algo que hay que realizar solo en los países del tercer mundo. Cada día está más claro que la secularizada Europa es un país de misión. En Europa la misión es urgente y compleja.

La actualidad de la misericordia

Como bien sabéis la misericordia es una de las palabras más repetidas en el magisterio del Papa Francisco, quien ve en ella la clave del evangelio y de la vida cristiana. “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

Pero podemos afirmar que el Papa no solo propone sino que practica la misericordia. El santo Padre evangeliza por lo que es y dice. Recordemos el viaje a Lampedusa, las llamadas telefónicas con palabras de misericordia a personas que han sufrido abusos por parte de clérigos, los abrazos a personas que sufren, sus visitas a las cárceles, su palabra valiente en el congreso de los EEUU o ante la ONU para pedir el fin de la pena de muerte… En este sentido, propone que la Iglesia haga visible con palabras y con gestos una pastoral de la misericordia que deje ver una Iglesia pobre y para los pobres, que tomando como modelo a Jesús se acerque a los pobres y a los que sufren. “Se trata de encontrar a Cristo en los pobres, más aún, de tocar a Cristo en ellos” (EG 270).

Lucas: el evangelista de la misericordia

Los evangelios nos ponen en contacto con Jesús. Lucas es autor de uno de los tres evangelios sinópticos. De él sabemos que fue colaborador de Pablo en sus viajes misioneros, que era de origen griego, y que fue médico. Por su manera de escribir podemos afirmar que maneja bien el lenguaje de la administración: habla de censos, impuestos; conoce el arte de la navegación; utiliza brillantemente la gramática griega: fábulas, parábolas, discursos, analogías; hace unas descripciones bellísimas de las personas y de la geografía interior humana. Este evangelista destaca en su teología a los pobres y a las mujeres, a María la madre de Jesús y al Dios de la misericordia.

También sabemos que Lucas no había convivido con Jesús, y por eso tuvo que fiarse de lo que transmitieron los primeros cristianos que habían convivido con el maestro. En este sentido, Lucas se parece a nosotros mismos. Su mente inquieta y la pasión por evangelizar le motivaron para buscar y escribir todo lo concerniente a Jesús. “He decidido yo también, después de haber investigado a fondo todo desde los orígenes, escribírtelo ordenadamente… para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1, 3). Su proyecto editorial es ambicioso y no concluye en Pascua y Pentecostés sino que prolonga la historia del primer cristianismo mediante los Hechos de los apóstoles, donde narra el nacimiento de la Iglesia y la misión universal.

¿Para quién escribe este evangelista? Escribe a una comunidad reducida y asediada. Escribe a una comunidad donde hay gentiles, temerosos de Dios, judíos que estaban siendo rechazados por el judaísmo.

El evangelio de San Lucas es quizás el evangelio más cercano a nuestra mentalidad occidental, presenta una imagen de Jesús muy humana. Lucas es el evangelista de los pobres y marginados. En su evangelio las mujeres tienen un gran protagonismo. También tiene especial relevancia en Lucas el Espíritu Santo y busca la inserción de la experiencia cristiana en la vida de cada día.

3. El deseo de Dios

Quisiera invitaros a acercarnos al deseo de Dios. Este deseo nos pone en camino y en búsqueda. Así ocurrió con Abraham. Yahveh se presentó ante él y propuso “Sal de tu tierra”. Abraham se puso en camino y buscó a Dios. De esta manera dio comienzo la historia de Salvación para el pueblo de Israel.

¿Hay deseo de Dios en los hombres y mujeres de este tiempo? ¿Hay deseo de Dios en mí? ¿De dónde tenemos que salir? ¿Hacia dónde tenemos que encaminar nuestros pasos?

Si miramos alrededor podemos afirmar que hay muchas personas que dejan respetuosamente aparte a Dios en sus vidas. Parece que el hombre y la mujer de nuestro tiempo se desenvuelven muy bien sin Dios. Incluso muchos creyentes han desalojado a Dios de su vida laboral, lúdica, familiar, sexual. Está claro también que la cultura se nos mete dentro. La cultura secular (en la vertiente ‘prescindir de Dios’) se ha metido en nuestros ámbitos, también nosotros mismos, incluso en nuestras obras pastorales podemos vivir ‘como si Dios no existiera’. Como veis es un tema actual y complejo. Hay en nosotros una escisión entre nuestra fe y las corrientes culturales de nuestro tiempo.

Pero en este ambiente también descubrimos un vago rebrotar del deseo por la espiritualidad. Muchas personas quieren vivir una vida con plenitud de sentido. Hay en el corazón humano anhelos de autenticidad, coherencia, libertad, fidelidad, aceptación incondicional, compasión, sentido de trascendencia, amistad, ansias de espiritualidad, esperanza a pesar del mal y de la muerte.

San Alberto Magno escribió en el siglo XIII: “Hay tres tipos de plenitud: la plenitud del vaso, que retiene pero no da; la del canal, que da pero no retiene; y la de la fuente, que retiene y a la vez da. Hay hombres vaso, que tiene pero no comparten, espléndidos pero estériles. Hay hombres canal, que dan de forma vital pero quedan vacíos. Y hay hombres fuente, que dan sin vaciarse, riegan sin disminuir, ofrecen sin secarse”.

Estoy buscando

Nos pasamos la vida buscando. No siempre buscamos en nuestro manantial. Pero tenemos que reconocer que hay un gran deseo de Dios en nosotros. Este deseo nos pone en camino. Hablamos de la vida como un camino, un proceso. A lo largo de la existencia hemos ido dando respuesta a distintos retos. Podemos afirmar:

  • que a pesar de las dificultades que podamos vivir la iniciativa es de Dios al principio, al final y durante todo el camino de la vida;
  • que solo Él conoce este camino;
  • que Dios tiene una peculiar manera de hablar a través acontecimientos, de mediaciones, del lenguaje de las alegrías y tristezas;
  • que en la vida espiritual, “la palabra viva y eterna de Dios” nos hace nacer de una semilla inmortal;
  • que Él va abriendo progresivamente nuestros ojos y caemos en la cuenta (Mateo 8, 24).

Ahora, en este momento de la vida, Dios se vuelve a presentar, invitándote a:

  • confiar: “Confío en ti, sé que eres mi bien, aunque no te conozca lo suficiente”,
  • pedir: “Porque no me basto, porque soy limitado y tengo necesidades”,
  • agradecer: “No tengo ningún derecho ante Ti, Señor, todo lo recibo gratis: el existir y el relacionarme contigo”,
  • admirar: Se me ensancha el corazón. Tu amor se ha acercado a mí.

La experiencia de Dios consiste en tomar conciencia de su presencia que nos precede haciéndonos ser y dándosenos a conocer en la medida en que lo reconocemos como nuestro fundamento y origen.

LECTIO

Solo Jesús cambia el corazón

“Entró en Jericó y la fue atravesando, cuando un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico, intentaba ver quién era Jesús; pero a causa del gentío, no lo conseguía, porque era bajo de estatura. Se adelantó de una carrera y se subió a un sicómoro para verlo, pues iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo: Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa. Bajó a toda prisa y lo recibió muy contento. Al verlo murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: ‘Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien le haya defraudado le restituyo cuatro veces más’. Jesús le dijo:’ Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abraham. Porque este Hombre vino a buscar y salvar lo perdido’” (Lucas 19,1-11).

Encontrarse con Jesús cambia la vida

El Papa Benedicto decía en su primera Encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCS 1).

Entre los encuentros de Jesús en el Evangelio ocupa un lugar destacado el encuentro que tuvo con el publicano Zaqueo. ¿Por qué elijo este texto de San Lucas? Desde mi punto de vista, Zaqueo se parece mucho al hombre de nuestro tiempo por varios motivos: sus grandes capacidades, la importancia que da a la riqueza, su soledad y tristeza. Al saber que Jesús va a pasar por la ciudad Zaqueo experimenta en sí mismo un deseo que no sabe interpretar. Este deseo le lleva a salir de casa e ingeniárselas para ver cómo llegar a Jesús.

Dice San Lucas en su evangelio que Jesús va camino de Jerusalén y en este itinerario pasa por Jericó, la ciudad más antigua del mundo, símbolo de todas las ciudades. En los tiempos de Jesús, Jericó era una ciudad de descanso, de vida fácil, dinero y bienestar. Era una gran urbe.

La noticia del paso del profeta de Galilea corre con rapidez por la ciudad. Zaqueo lo escucha y siente un impulso, unas ganas inmensa de conocerlo. Hay en Zaqueo un gran deseo. Pero como es de baja estatura la gente se lo impide. Además nadie le hace un hueco, no es de fiar, no tiene buena fama, no tiene amigos conocidos entre el pueblo. Por todo ello, Zaqueo se las tiene que ingeniar. Jesús pasa por debajo del árbol donde se ha subido y levanta la vista. Es Jesús quien le busca y le mira, quien le pide que se apresure a bajar porque tiene que hospedarle en su casa.
Suponemos la sorpresa en Zaqueo y en el pueblo. En Jericó hay muchas personas mejores que Zaqueo. Sin duda, piensan, Jesús no es tan buen profeta como dicen porque le ha pedido que le reciba en casa, precisamente, al hombre más odiado de la ciudad. ¡Vaya ojo! O quizá, el profeta de Galilea, es un hombre poco religioso y se rodea de gente poco religiosa. ¡Qué se puede esperar de un profeta así!

Zaqueo también está confundido. Por una parte no sabe muy bien qué desea. Por otra, el gesto de Jesús le produce un vuelco interior, le derriba todas las barreras y le quita prevenciones. El publicano tampoco entiende por qué Jesús se fija en él. Sabe que en la ciudad hay personas mucho mejores que él, como todo el mundo sabe. Es consciente de estar fuera de las normas correctas. Se siente conmovido. Ha recibido un gesto único de amor. Quizás nadie, en su vida, haya tenido un gesto de esta profunda significación; y menos viniendo de un hombre que tiene fama de profeta.

Zaqueo descubre un sentimiento nuevo en él, una alegría desconocida, serena, profunda, inexplicable. Recibe más de lo esperado. Los acontecimientos se precipitan dentro de él. La vida adquiere otro significado, otro sentido, otro color. Zaqueo se dirige a Jesús como Señor. Está claro que Zaqueo ya no es el mismo. Cambia por dentro y por fuera. Ahora ya es capaz de dar, de regalar, de hacer justicia, de pensar en los pobres. Aquel profeta, aquel encuentro, ha cambiado su vida.

Es Jesús quien busca

El texto de San Lucas tiene una gran paradoja: quien busca es encontrado. Zaqueo quiere ver a Jesús pero es Jesús quien fija su mirada en Zaqueo, quien lo busca entre la muchedumbre. Jesús deja claro que la condición de pecador no cierra a Zaqueo las puertas de la reconciliación con Dios. Estamos tocando el evangelio de la misericordia. El papa Francisco hace ver que nuestra época necesita mucha pastoral hacia quienes están fuera de las normas. Esto también es misericordia.

Tengo sed de Dios

Tengo sed de Dios. La sed remite a la experiencia fundamental de que necesitamos algo que no podemos darnos nosotros mismos, sino que hemos de recibir como don. La vida humana es búsqueda incesante de un agua que calme su sed profunda y le proporcione vida auténtica y verdadera.

Intentamos descubrir a quién o a qué merece la pena entregar el corazón. Nuestro corazón busca, pues, dónde encontrará consuelo y descanso definitivo. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,28-30).

Textos para la oración

Textos de la Escritura
Lucas 19,1-11

Salmo 138
Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
No ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco.
¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;
si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.
Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí»,
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día.
Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando, 
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.
¡Qué incomparables encuentro tus designios,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
Si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.
Señor, sondéame y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno.

 

 

 

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2 comentarios en “El deseo de Dios en mí

  1. Pingback: La clave está en las relaciones | Ejercicios espirituales Sal terrae 2017

  2. Sólo buscamos lo que deseamos. Sin deseo de Dios no vamos a poner nuestras energías en su búsqueda. El deseo de conseguirlo orientará nuestra vida para ponernos en marcha.

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