Seguidores de Jesús hasta la cruz

“Todos sabemos por experiencia que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descontento crónico, por una acedia que le seca el alma. Puede suceder que el corazón se canse de luchar porque en definitiva se busca a sí mismo en un carrerismo sediento de reconocimientos, aplausos, premios, puestos; entonces, uno no baja los brazos, pero ya no tiene garra, le falta resurrección. Así, el Evangelio, que es el mensaje más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas” (EG 277).


  1. Breve presentación

“Como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos” EG 77).

Reconocer la desnudez y el exceso de amor

¿Qué te ha hecho daño en la vida? ¿Qué te ha hecho sufrir? ¿Qué pasa en ti cuando tienes un sufrimiento? ¿Cómo afrontas los fracasos? ¿Cómo puede el sufrimiento constituir un crisol para el encuentro con Dios? ¿Qué rebela el sufrimiento a la experiencia espiritual?

En esta meditación quiero acercarme al dolor y al sufrimiento propio y también al de los otros. San Ignacio al acercarse a estos temas plantea dos claves: por una parte hay que reconocer la propia desnudez, y, por otra parte, el exceso de amor.

Soledad

Todos necesitamos ser queridos y valorados. Todos necesitamos palabras de amor y aprecio, gestos de amor y palabras de ánimo, necesitamos que nos digan “ha sido una suerte tenerte cerca”. Necesitamos todo esto y no siempre notamos aprecio, ni valoración positiva.

Vulnerabilidad

También hay en nosotros experiencias de vulnerabilidad. Somos vulnerables cuando no tenemos capacidad de anticipar o resistir o recuperarnos de un sufrimiento. La desesperanza es una de las consecuencias de la vulnerabilidad que lleva a la desvalorización del pasado, o a la falta de ilusión sobre el futuro, y, en consecuencia, a la superficialidad en el presente.

El caldo de cultivo de la vulnerabilidad lo ofrece esa actitud nihilista triunfante en tantos órdenes de la vida. “Nada merece la pena totalmente”, piensa mucha gente. Este nihilismo ambiental es una de las características de nuestra época.

¿Cómo afrontar el sufrimiento?

A lo largo de la vida tomamos varios caminos: el desaliento, la fatalidad (‘no hay nada que hacer’), la resignación (‘la cruz que me toca llevar’), la culpabilización, la rebeldía contra el mal.

El mal siempre es un imprevisto. Tenemos que reconocer que Dios mismo siente sorpresa ante la irrupción del mal. Es una desgracia, algo irracional, está desprovisto de sentido.

La manera más coherente para acercarnos al mal me sigue pareciendo aquella de Jesús a lo largo de su vida, y especialmente en el momento de su muerte. Dios mismo bajó, con la muerte de Jesús, a las entrañas del mal. Dios se encuentra con el hombre tanto en lo lleno como en lo vacío de la existencia. Dios, sin explicar el sufrimiento, se hace cargo de él sin sustraerse, convirtiéndolo en un lugar de amor.

2. LECTIO

Seguidores de Jesús hasta la cruz

“Cuando lo conducían, agarraron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le pusieron  encima la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres llorando y lamentándose por él. Jesús se volvió y les dijo:

Vecinas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegará un día en que se diga: ¡Dichosas las estériles, los vientres que no parieron, los pechos que no criaron!

Entonces se pondrán a decir a los montes: caed sobre nosotros; y a las colinas: sepultadnos. Porque si al árbol lozano lo tratan así, ¿qué harán con el seco?

Conducían con él a otros dos malhechores para ejecutarlos. Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, los crucificaron a él y a los malhechores: uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús dijo:

Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

Se repartieron su ropa echándola a suerte. El pueblo estaba mirando, los jefes se burlaban de él.

A otros ha salvado, que se salve él, si es el Mesías, el predilecto de Dios.

También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre y decían:

Si eres el rey de los judíos, sálvate.

Encima de él había una inscripción: Este es el rey de los judíos. Uno de los malhechores colgados lo insultaba:

¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

El otro le reprendía:

Y tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen.

Y añadió:

Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí.

Le contestó:

Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Era mediodía; se oscureció todo el territorio hasta media tarde, al faltar el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Jesús gritó con voz fuerte:

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

Dicho lo cual, expiró. Al ver lo que sucedía, el centurión glorificó a Dios diciendo:

Realmente este hombre era inocente.

Toda la multitud que se había congregado para el espectáculo, al ver lo sucedido, se volvía dándose golpes de pecho. Sus conocidos se mantenían a distancia, y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea lo observaban todo” (Lucas 23,26-49).

La primera comunidad quedó sobrecogida con los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El texto de Lucas no  tiene ningún reparo en reconocer que todo aquello les pilló de sorpresa y les sobrepasó. Ellos, que “se mantenían a distancia y lo observaban todo”, recorrieron en poco tiempo el camino del desaliento, de la fatalidad, de la resignación.

Lucas presenta a algunos personajes importantes para la vida y espiritualidad cristiana: el Cirineo, las mujeres, los dos ladrones, el centurión, el pueblo que observa.

Con la actitud del Crucificado

Pero, ¿cómo acercarse a la Cruz? Nuestra manera es la misma de Jesucristo. En este hermoso texto creo que podemos encontrar unas claves de vida cristiana al acercarnos al dolor, al sufrimiento y a la cruz.

Jesucristo se encamina a la cruz consolando a las mujeres. El relato nos presenta una escena deliciosa. Un Jesucristo sufriendo y cargando la cruz se fija en las lágrimas de las mujeres. En su situación extrema tiene la sensibilidad y la fuerza suficiente para consolar a aquellas mujeres y para iluminar su sufrimiento. Son llamadas ‘hijas de Jerusalén’, como en el Cantar de los cantares. Este dato invita a pensar en la vía del corazón para acercarnos a Jesucristo es posible también en los momentos de la cruz.

Jesucristo se encamina a la cruz perdonando. Lucas dibuja la escena entre burlas e insultos, despojándole de todo, en medio de la tentación de reclamar el poder de Dios en beneficio propio. En la tradición de las siete palabras nos encontramos con uno de los textos más hermosos del Nuevo Testamento “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

Jesús vive la cruz aceptando la voluntad de Dios. Es la clave de lectura de la vida de Jesús. Es la clave que se nos ofrece para nuestra vida. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Con la actitud de Simón de Cirene

Lucas ha suprimido las burlas de los soldados antes de la ejecución. En el camino echaron mano de un hombre para que ayudara al reo. Muchos han visto en esta persona que ayuda a Jesús al discípulo que sigue los pasos de su maestro.

Marcos dice de esta persona que se llamaba Simón, natural de Cirene, con dos hijos Alejandro y Rufo. La tradición le sitúa en la comunidad de Roma. La primera Iglesia ha guardado su nombre.

Hagamos una lectura espiritual del personaje. Ha pasado a la historia de la espiritualidad cristiana como aquel que es capaz de cargar con la cruz de los demás. ¿Dispuestos a cargar con el dolor de los enfermos, o de los pobres, o de los jóvenes sin cultura o explotados o solitarios y tristes?

La espiritualidad ve en Jesucristo al mejor Cireneo. Jesucristo quien cargó con nuestros pecados, soportó nuestras afrentas, sus heridas nos han curado. Jesús ha sido para nosotros sanación y salvación. Que fecunda es la expresión “por mí” que ayudó tanto en su progreso espiritual a San Pablo, a San Agustín y a tantos creyentes. Señor por mi te has encarnado, has luchado en el desierto, has sufrido en Getsemaní, has sido crucificado, has muerto en cruz. Está claro que todo “por mí” está pidiendo un “por ti”. Por ti Señor…

Con la actitud del buen ladrón

En el máximo del dolor compartido, un ajusticiado junto a él, se siente personalmente ofendido por escuchar las burlas a un inocente. Algunos vieron a Jesús resucitar a los muertos y no creyeron. Aquel ladrón lo ve muriendo en la cruz, y a pesar de todo aquel sin sentido, cree.

Aquel hombre tuvo palabras de respeto para el sufrimiento ajeno, aquel hombre tuvo lucidez para mirar alto y hacer una hermosa oración. “Acuérdate de mí…”. La sinceridad de su oración, a pesar de sus errores, hace que reciba la justificación: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. El paraíso es el Señor, es estar junto al Señor. El buen ladrón, dice la tradición cristiana, consiguió robar el cielo.

Aproxímate a la cruz del Señor

Hay algunos dinamismos que sin duda ayudan a aproximarnos a la cruz del Señor Jesús.

  • La vida sólo la gana quien la pierde

El evangelio lo cuenta en muchas ocasiones y de muchas maneras. En la vida de Jesús hemos visto qué significa entregar la vida y ganarla, por amor.

Hay una sabiduría espiritual que afirma que Dios siempre está más cerca de nosotros cuando creemos que está lejos. Hay en nosotros un continuo proceso de transformación. El proceso de transformación es doloroso. Por eso la experiencia a todos nos enseña que muriendo a ciertas partes de nosotros es como se llega al camino que nos permite el crecimiento, nos desbloquea situaciones cerradas.

  • Purificación y suficiencia de la fe

La fe tiene sus momentos de prueba, de purificación, como el resto de instancias de nuestra vida. Va acompañado este proceso de las otras instancias de nuestra vida. Este proceso puede partir de la sequedad de nuestra vida de oración, de un fracaso, de una frustración, de un enamoramiento. La cruz nos recuerda que sólo Dios puede transformar nuestro pecado en gracia. No tiene explicación el mal en el mundo; pero menos explicable tiene la locura del Amor de Dios por nosotros.

Oración

Lucas 23,26-49

Salmo 85

“Enséñame, Señor, tu camino,

para que siga tu verdad;

mantén mi corazón entero

en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;

daré gloria a tu nombre por siempre,

por tu gran piedad para conmigo,

porque me salvaste de un abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,

una banda de insolentes atenta contra mi vida,

sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,

lento a la cólera, rico en piedad y leal,

mírame, ten piedad de mí.

Da fuerza a tu siervo,

salva al hijo de tu esclava.

Dame una señal propicia,

que la vez mis adversarios y se avergüencen,

porque tú, Señor, me ayudas y consuelas”.

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